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La ética recomienda no utilizar las columnas de opinión para hablar de temas personales; pero los frecuentes retrasos de Aerosur ya son un caso público de tanto repetirse y causar víctimas múltiples. En los tantos viajes que realice en esta línea, por razones de trabajo, constate que muy pocas veces son puntuales. En una ocasión, perdí la conexión a Madrid, debido a que una de las aeronaves se quedó en Cochabamba esperando un repuesto que no había cuando llegue de Santa Cruz. Como era de suponer no alcance la conexión en Sao Paulo. Por la noche nos devolvieron a La Paz. Al menos una decena de personas estaban desesperadas y llorando por no haber viajado ese día y por haber perdido sus compromisos.
El último retraso lo sufrí el pasado lunes 24 de marzo. El vuelo de las 08.30 hacia Santa Cruz partió sin novedad. Llegué puntual a todas las actividades programadas. Por esos cruces de agenda debía viajar al mediodía a Cochabamba. Apenas concluía la última reunión en la capital oriental salí “volando” a Viru Viru a recoger mi pase a bordo a las 12.30 como alertaba en mi “billete” de agencia. La empleada se limitó a preguntarme si tenía equipaje. No me informo nada acerca del cambio de horarios que íbamos a sufrir. Me enteré a través de las pantallas que informan llegadas y salidas. El vuelo de las 13.30 se había retrasado para las 14.10. “Bueno, no es mucho”, pensé. Pero no había cuando llamen a abordar la nave. Entonces me fije otra vez en las pantallas y había un nuevo horario: 15.30.
“¡No puede ser, es un abuso. Se retrasaron otra vez los vuelos! Por favor dile al médico a quien iba a entrevistar a las 15.00 no podré llegar, pídele disculpas”, gritaba airada una señora a través de su celular. “¡Es el colmo!”, exclamó un señor que sostenía un libro, creo que era la última novela de Ramón Rocha Monrroy. “Te dije, no tomes Aerosur”, le respondió en tono tranquilizador su amigo poniendo su índice derecho amorcillado en su pecho. “Es que no tenemos más alternativa, es la única línea; por eso abusan”, apostilló y se arregló el poco cabello canoso que caía sobre su amplia frente. No me sumé al coro. Mascullé solo mi molestia y fui a buscar un teléfono público para informar mi retraso a los que me esperaban en la Llajta.
En la otra cabina, una señora de aproximadamente 30 años espetaba decenas de palabras fuertes a través del auricular, descargaba su furia con algún familiar suyo. Colgó el teléfono y comenzó a hablar consigo misma: “se burlan de nosotros, no hay quien les diga algo a estos de Aerosur; en lugar de pelearse con los aceiteros, el Evo debería ocuparse de estos temas”, se decía y se respondía: “claro, en este país no funciona nada, ni el LAB ya funciona”. Ese momento decidí ser ese “quien” y al menos escribir algo.
El vuelo partió a las 16.00, se me pasó la bronca en el aire y me desanimé. En Cochabamba, al reconfirmar el viaje, por si acaso pregunté al empleado si estaba confirmado el vuelo de las 9.55 horas. Me miró y arqueó sus cejas despobladas. “No, saldrá a las 11.00, vengase por favor a eso de las 10.00”, me dijo en tono amable. Eso de ser puntual tiene sus consecuencias. Llegué a la hora, pero tomé el vuelo a La Paz pasada la medianoche. “Escribí, hermano, escribí, así es todo el tiempo”, me empujó un colega que viaja frecuentemente.
No queremos el cierre ni la nacionalización de Aerosur, sólo queremos que sean respetuosos con nosotros, los usuarios, como nosotros somos respetuosos con Aerosur cuando les pagamos por adelantado. ¿Es mucho pedir?

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