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¿Democracia o masismo?
Opinión

¿Democracia o masismo? 

Por: Andrés Gómez Vela*

Cuando el lunes 21 de octubre del año pasado, dos universitarios me llamaron por WhatsApp para pedirme algunos consejos de comunicación política para iniciar protestas contra el autócrata, me dije: la democracia echó semilla. Cuando vi, en las redes sociales, a una adolescente arengando a unos adultos con el estribillo que acompañó toda la rebelión popular: ¿Quién se cansa?, nadie se cansa; ¿quién se rinde?, nadie se rinde; ¿Evo de nuevo?, huevo carajo; me convencí que la democracia germinó en las nuevas generaciones. Cuando vi a mis hijos salir todos los días a las calles a defender su libertad sin que yo les haya dicho algo, me convencí que la democracia tiene larga vida.

Después de lo sucedido, deduzco que se cumplió el vaticinio de Hernán Siles Suazo de aquel viernes 8 de octubre de 1982 cuando llegó a La Paz a jurar como el primer presidente de la era democrática: «Vamos a construir una democracia que sea viable para que nunca más vuelvan los gobiernos de facto”.

La lucha de mujeres y hombres contra las dictaduras militares en las décadas del 60 y 70 no fue en vano. Los millenials y la generación Z tomaron la posta y entendieron que la democracia es el límite al poder. En consecuencia, comprendieron que ningún presidente (por muy excelente que sea) puede gobernar más allá del tiempo establecido en la Constitución ni postularse las veces que quiera burlándose del mandato popular expresado en un referendo.  

La gesta de octubre y noviembre de 2019 fue una respuesta disruptiva a la propaganda del masismo que buscó, desde un principio, fidelizar a las masas, provocando en ellas emociones contrarios a la convivencia, denigrando a sus críticos, señalando chivos expiatorios, dividiendo, falseando la realidad y predisponiendo psicológicamente a sus seguidores a la violencia, pero fracasó. La mayoría desafió al autócrata e impidió que imponga su realidad.

Faltó un poco para que Evo Morales imponga su autoridad sobre la verdad desafiando la realidad. El poder que había acumulado era casi ilimitado, lo que le hizo creer que podía crear su propia realidad, pero se chocó contra el muro generacional de la democracia.

A propósito del poderoso que puede armar su propia realidad, el profesor de Ética en la Universidad de Harvard, Lee McIntyre, lo describe recordando una entrevista a Karl Rove, estratega político del presidente de Estados Unidos, George Walker Bush, que despachó a los críticos de aquel gobierno con la siguiente frase: “ahora, somos un imperio, y, cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad”.

El régimen masista creó una realidad exclusiva para sus seguidores: les hizo contar los años desde el momento que murió la República y nació el Estado Plurinacional, pero seguía viva Bolivia; les hizo creer que la derrota de Morales en el referendo de 2016 fue el “día de la mentira”; les convenció que la reelección indefinida era un derecho humano de ser dictador; les contó que la democracia llegó a Bolivia gracias al masismo cuando en realidad el masismo llegó a Palacio gracias a la democracia liberal; y les dijo que el fraude que hizo en 2019 no era fraude.  

El profesor de filosofía estadounidense, Jason Stanley, escribió que mentir y salirse con la suya es el primer paso para el control político. Morales había mentido y se había salido con la suya al menos en tres ocasiones. Pero cayó cuando quiso hacer creer que tenía el derecho humano a ser un dictador por ser indígena. Si lograba su objetivo, iba a borrar la frontera que hay entre la mentira y la verdad, y se iba a quedar en el poder toda su vida.

La filósofa alemana Hanna Arendt advirtió que “lo que convence a las masas no son los hechos, ni siquiera los hechos inventados, sino más bien el desafío abierto”. Por lo que agregó: “El sujeto ideal para el gobierno totalitario no es el nazi convencido o el comunista convencido (o el masista convencido, añadiría), sino la gente para quien la distinción entre hechos y ficción… (entre) verdadero y falso… ya no existe”.

El masismo fracasó y cayó porque la mayoría de las bolivianas y los bolivianos distinguía y distingue la verdad de la falsedad. Un año después, esta misma mayoría, integrado por aquellos jóvenes colegiales y universitarios, irá este domingo 18 de octubre a las urnas a elegir entre la democracia y el masismo; entre la verdad y la mentira. Pero va en desventaja frente a sus adversarios porque va dividida, lo que significa que si no une su voto en torno a la democracia, volverá el totalitarismo que ya demostró que no sólo persigue a sus oponentes, sino a todo aquel que piensa libremente.

*Andrés Gómez Vela es periodista

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