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El discurso electoral, en su fondo y en su superficie
Opinión

El discurso electoral, en su fondo y en su superficie 

Por: Adalid Contreras Baspineiro

En proceso electoral, el discurso discurre manifiesto en la superficie, los aires, las ondas hertzianas, las fibras ópticas, las redes, las calles, las plazas, los cables, en fin, allá, en ese mundo material y virtual donde es posible hacer visible la palabra. A su vez, la palabra verbal, escrita, gestual, visual o introvertida en lo más recóndito de los pensares y sentires, es la celadora de los sentipensamientos que amasan las creencias, las ideologías, los imaginarios, las aspiraciones y las esperanzas.

El análisis político tiene que interpretar el discurso expresado y el que está latente, siguiendo los movimientos de las estrategias que lo sostienen y conducen en la carrera-juego político de disputa electoral por el poder, estableciendo los movimientos de los textos siempre en sus contextos, o si se quiere de la política siempre en una realidad situada, que es el lugar donde las ciudadanías le otorgan sentido y significado a los discursos de los candidatos.

Batallas por la significación

La relación de la construcción y deconstrucción discursiva tiene una estructura incuestionable: en el fondo de las significaciones está la realidad social y cultural, que tiene como una de sus dimensiones a la política, mientras que en los procesos de intercambios entre las distintas dimensiones, está la comunicación cumpliendo el rol de tejer articulaciones.

Lo que queremos decir con esto es que, por principio, toda estrategia política debe partir siempre de la realidad donde se desarrolla, porque en ella se encuentran los sujetos sociales que tienen sus modos de vivirla, de sentirla, de pensarla y de imaginarla. Es por eso que toda campaña se precede y se acompaña de profusas investigaciones y rastreos que van ajustando las construcciones discursivas a esas realidades, con rigurosos sistemas de planificación.

Este es el procedimiento, pero que no siempre se lo sigue, porque muchas veces, la aspiración (lógica aspiración) de triunfo, hace imponerse al buen deseo por sobre la realidad. Dicho de otra manera, en ocasiones se ignoran, o se relativizan los latidos de la realidad, para poner en primer plano una forma de comunicación política que no escucha, sino que impone mensajes, siguiendo un camino metodológico efectista, creyendo poder moldear pensamientos y conductas, aunque los datos de la realidad y las tendencias de los discursos digan lo contrario.

En su comprensión más sencilla, el discurso político se suele definir como todo aquello que es dicho por los políticos y actores que intervienen en la esfera pública y/o en una práctica política. Comparto el criterio de Teun van Dijck, cuando afirma que, para caracterizar el discurso político, en lugar de pretender una definición abstracta, resulta más efectivo caracterizarlo en función de sus propiedades, tales como el dominio societal o el terreno donde actúa la política; los sistemas políticos; los valores políticos; las ideologías políticas; las instituciones, organizaciones y grupos políticos; los actores políticos; y las relaciones, los procesos y las acciones políticas.

Como se ve, estos elementos expresan modos de hacer política, que interesa conocerlos y analizarlos críticamente, estableciendo las funciones que cumplen en la lucha por el poder y por la hegemonía. En consecuencia, el discurso político viene a ser una forma de acción política, que contiene, expresa y construye sentidos de política y de sociedad en las posibilidades y limitaciones de los contextos donde se elaboran los textos.

Afirmamos que el discurso político no se limita al pensamiento verbalizado, manifiesto y expresado con algún soporte comunicacional. Discurso es además lo que no se expresa, lo que vive latente en las subjetividades, aquello que radica en los sentipensamientos y que, sin mostrarse, aporta a la construcción de la palabra en sus contextos, que son el marco indesligable en el que se explica, cobra vida y genera interacciones en las que las ciudadanías resignifican los mensajes.

Por eso decimos que el discurso político se desenvuelve en un campo de batallas simbólicas por la significación, procurando enraizarse en los imaginarios, los conocimientos, las actitudes, las prácticas, en suma, los sentipensares de las ciudadanías.

El contexto electoral

El proceso electoral está discurriendo en el seno de una crisis sistémica, que tiene como una de sus características la vivencia de una tregua en el arrastre de una violencia estructural irresuelta. Pareciera que no se toma en cuenta que este proceso electoral es producto de una violenta experiencia política vivida en octubre y noviembre 2019 y que puso en evidencia un país polarizado en sus relaciones políticas, en su estructura social, en su composición étnica y en sus diferencias territoriales. Las movilizaciones y bloqueos de caminos recientes, bajo la bandera de no postergación de las elecciones, son el antecedente más inmediato de una situación compleja. En este ambiente, la opción de las organizaciones por la confrontación, está contribuyendo a atizar el polvorín sobre el que transcurren las campañas.

Otro elemento característico del contexto electoral es la crisis sanitaria, que como por arte de magia transformó de la noche a la mañana una situación catastrófica de un promedio de 2 mil, a seiscientos contagios por día. Con la misma velocidad salen de escena los agoreros que predecían una situación calamitosa que llevó a postergar las elecciones previstas para el 6 de septiembre con el argumento del principio de la vida. Los bloqueos de caminos fueron tachados de antros de contagio y propagación de la pandemia. Razones por la que con la acertada intervención del Tribunal Supremo Electoral, se consigue una tregua para la realización de las elecciones el 18 de octubre, en cuyas vísperas se ha viabilizado el desconfinamiento, y se están justificando en las campañas masivas caravanas sin el menor cuidado de normas de bioseguridad.

Otro elemento destacado del contexto, es el de la crisis económica incentivada con el receso productivo al que obliga la pandemia. Los niveles de desempleo se han incrementado y los índices de pobreza reflejan un presente y un futuro complejos, que están ampliando las brechas de desigualdad. Éste es el ambiente de inestabilidad en el que la construcción discursiva ciudadana es ganada por la incertidumbre; en este espacio se construyen sus lecturas de la realidad, sus esperanzas con las políticas públicas y sus aspiraciones electorales. Pregunta obligada: ¿están las campañas sintonizándose con estos vivencias y esperanzas ciudadanas?

Otro elemento, que coincidentemente precedió las elecciones de octubre 2019 y las actuales, son los incendios en nuestros bosques chiquitanos y la amazonía. Son procesos que ponen en el tapete la inviabilidad del modelo extractivista, así como de la ampliación de la frontera agrícola empujada por la sobredimensión de la economía agroexportadora y de biocombustibles. No es solamente el modelo, sino el patrón de desarrollo el que está en juego y que las propuestas electorales tendrían que saber dar respuesta, por supuesto igual que las políticas públicas que sin embargo optaron por el proselitismo.

Finalmente, digamos que tanto por las condiciones del contexto, así como por los primeros resultados de las campañas, de modo llamativo se aprecia que la intención del voto en estas elecciones es particularmente volátil, por lo que las tendencias se están ubicando de modo importante en la esquina de las ciudadanías que no saben por quién votar, o de las que votarán blanco o nulo, o las que ocultan su voto, o las que se lo reservan para su aplicación útil el día de las elecciones. Como fuera, en el arranque del proceso electoral la población que domina el escenario es la que se denomina genéricamente como indecisos, y que parece tener una característica migrante. De aquí surge otra pregunta obligada: ¿son las modalidades de campaña que se están desarrollando las indicadas para trabajar en este sector que representa al menos un 30% de la intención de voto?

Las apuestas

En ese ambiente, ignorado o secundarizado por la mayoría de las campañas en el arranque de la contienda electoral, pareciera que estuvieran primando las opciones de definición del acomodo de las organizaciones en el cuadro de las preferencias electorales, y que al cabo de sus primeras semanas muestra una tendencia definida: el MAS-IPSP tiene la posibilidad de ganar en primera vuelta; Comunidad Ciudadana puede forzar segunda vuelta y ganar en balotaje; Creemos está de subida; Juntos tiene una tendencia descendente y las demás (Frente para la Victoria, Libre 21, Acción Democrática Nacionalista y PANBOL) están ubicados en el escalón más bajo del que será prácticamente imposible desprenderse.

La orientación de las campañas, en su inicio, está caracterizada, del mismo modo que en las fallidas elecciones de noviembre 2019, por el clivaje “masismo – antimasismo”, que representa la primera gran polarización entre el MAS-IPSP y todos los demás frentes políticos. Sin embargo, el antimasismo no es, en absoluto un todo unitario, puesto que tiene entre sus componentes una parcialidad “antimesista” (contraria al expresidente y candidato Carlos Mesa), así como expresiones fuertemente confrontadas por disputas del poder a nivel regional, particularmente en los departamentos del oriente.

A la luz de este clivaje, las campañas en su primera fase se caracterizan por el predominio de elementos que subliman los liderazgos, que descalifican a los oponentes, que dinamizan la política en el espacio de las emociones, y que demuestran fuertes niveles de entropía en los gestores de las campañas.

Un elemento llamativo en la promoción de los liderazgos, es que no en todos los casos está acompañada de la exposición de propuestas, por lo que la sensación que queda es que el proceso está dedicado a la búsqueda del posicionamiento de la imagen de los candidatos, en la mayoría de los casos sin acompañarse ni siquiera de la promesa electoral, que se la suele presentar en un eslogan que circula reiteradamente.

En un ambiente de polarización, la descalificación de los candidatos opuestos, así como la búsqueda de desestabilización de sus candidaturas, ha sido el elemento predominante en esta fase de la campaña. Es un movimiento que tiene distintas direcciones. La más común, es la que sale de los escalones bajos de la preferencia electoral, especialmente de aquellos que tienen tendencia descendente. En una dinámica en la que son las organizaciones políticas las que marcan la agenda mediática, distintos programas mediáticos y espacios en las redes, son verdaderos campos pugilísticos de ataque artero y escasa o nula reflexión y proposición. Este mecanismo contribuyó por una parte a bajarle nivel a la política y alimentar las polarizaciones ya no sólo en el clivaje masismo – antimasismo, sino también entre las parcialidades opuestas al MAS-IPSP.

Cuando se lee el mecanismo de desacreditación articulado en movimiento paralelo a la sublimación exagerada de los propios líderes, se presencia un proceso electoral pobre, paupérrimo en su construcción política y huérfano en sus cuidados éticos, sin ignorar que en las batallas por el poder lo que interesa es ganar. El escenario del arranque del proceso electoral ha sido una muestra elocuente de la puesta en marcha de dispositivos que creen que pueden sumar restando, o que podrían construirse candidaturas destruyendo a los opuestos. Los resultados de las encuestas se han ocupado de demostrar la ineficacia e impertinencia de estas apuestas.

Lo dicho se complementa con otra característica predominante en las campañas, la priorización casi monopólica de la dimensión de las emociones en la construcción de los mensajes. Como se sabe, la política se desenvuelve en tres niveles: el ideológico o de las visiones de sociedad de las organizaciones políticas; el de la exigibilidad de las ciudadanías por sus derechos; y el de la vida cotidiana donde el sentido común se articula a las demandas inmediatas, incluso individuales. Las apelaciones de las emociones se mueven en este último nivel, buscando afinidades que deberían calzar con la imagen de los candidatos y sus virtudes sobrevaloradas.

Un ejemplo de la aplicación de este recurso son las narraciones de historias fantásticas, en las que por lo general los candidatos aparecen con un origen humilde, desde donde gracias a su sacrificio, entrega, talento y emprendedurismo, van escalando posiciones hasta convertirse en seres exitosos ya sea en el campo de la economía o de la política. Este recurso, para tener resultados, además de contextos que priorizan el ámbito cotidiano, requiere metodológicamente, además de la historia colosal, de una adecuada presentación del emisor que se convierte en el mensaje. En reconocidas experiencias, este recurso ha funcionado con la emergencia de outsiders en la política, o cuando el candidato tiene un altísimo reconocimiento positivo por parte de la población.

Cerrando el señalamiento de las características predominantes en las campañas en esta primera parte del proceso electoral, es necesario señalar que las organizaciones políticas, al priorizar los elementos de degradación de los adversarios y de posicionamiento de liderazgos movilizando emociones, cayeron en un estado de entropía comunicacional que les hizo perder la perspectiva de objetividad de sus intervenciones, dejando de medir críticamente las resignificaciones ciudadanas, para autoengañarse con la idea de que a mayor cantidad de improperios, y de su reiteración en distintos escenarios, estaban consiguiendo los efectos buscados. Los resultados de las encuestas, de manera coincidente demuestran que las afectaciones son mayores para quienes realizan los ataques que para los atacados, y que mientras los primeros se hieren con sus propios disparos, los afectados consiguen construirse una coraza que impide su caída más debajo de sus pisos electorales.

Los textos

Los elementos discursivos encontrados tanto en la superficie como aquellos latentes en las expresiones no dichas todavía, destacan la presencia de elementos como la adjetivación (antonomasia), la descalificación (metonimia), la evasión (sinécdoque), la confusión (hipérbaton) y la exageración (hipérbole), con diferentes ritmos según los movimientos de cada organización política. Vamos a ver a continuación la presencia de estos factores en el discurso político de las principales fuerzas, estableciendo además los imaginarios y los ejes discursivos que están inmanentes a sus identidades.

En el caso de Juntos, el elemento predominante de su discurso es una combinación de adjetivación con descalificación. En coherencia con su estrategia de desacreditación, su artillería discursiva ha apuntado a la personalidad de los oponentes. Es particularmente llamativa la afectación buscada al liderazgo del ex presidente Morales con acusaciones ya conocidas de narcotraficante y corrupto, junto al nuevo elemento de pedofilia, que provocó un remezón mediático. Sin embargo, como el recurso no tuvo continuidad en medidas judiciales, se fue apagando y cayendo de la mano de la preferencia electoral por Juntos. También Juntos optó por atacar al candidato Carlos D. Mesa, con apelaciones sobre su supuesta ausencia de los acontecimientos nacionales. En este afán, puso en escena la frase “¿Dónde estaba don Carlos Mesa cuando…?”. La apropiación con ironía que hacen las ciudadanías de esta frase con aplicación a múltiples situaciones como “¿Dónde estaba don Carlos Mesa cuando perdió el Bolívar con el Palmeiras?”, se convirtió en boomerang para sus gestores.

Este recurso se acompañó en paralelo del recurso de la exageración, especialmente cuando se hace referencia a las virtudes de la presidenta, a la que se la intentó posicionar como la mujer valiente que toma decisiones que otros temen hacerlo y como la líder de una gran gestión de gobierno. Juntos optó por el camino riesgoso de la candidata con primacía sobre la presidenta y se estrelló contra las percepciones y vivencias de la población. Esto y el uso sobredimensionado de medios estatales, como espacios en el canal estatal de televisión con fines proselitistas, terminaron cerrando un círculo de cuestionamientos más que de reconocimientos.

En la propuesta discursiva de Creemos, también se vislumbran elementos de exageración para el posicionamiento de la imagen del candidato Camacho, atribuyéndole el liderazgo del movimiento de las pititas en las jornadas de octubre y noviembre 2019 que concluyeron con la salida del presidente Morales. También se abunda en argumentos de adjetivación y descalificación sobre la vieja política, aplicable de manera descalificadora a todos sus rivales. De manera especial, en un contexto de disputa de escaños en los departamentos del oriente del país, Camacho lanza fuertes cuestionamientos referidos a los actos de corrupción durante el gobierno transitorio de la presidenta Áñez.

La propuesta discursiva de Carlos D. Mesa tiene otras manifestaciones, vertidas desde su ubicación en el centro del espectro electoral, conceptualizado como un centro democrático y progresista, abierto a la inclusión de otros actores. Sin caer en las provocaciones que salen desde la tienda de Juntos, Comunidad Ciudadana apela a la adjetivación con descalificación de la decisión de la presidenta Áñez de presentarse como candidata en la contienda electoral, y refuerza su discurso con la denuncia de los usos preferenciales de los recursos estatales para su campaña. Sin caer en niveles de metonimia o descalificación, profundiza la denuncia de fraude contra el MAS en las elecciones de octubre 2019. Por otra parte, en su propuesta discursiva, está presente la recurrencia a la conceptualización de ser los únicos con posibilidades de ganarle las elecciones al MAS con el voto útil ciudadano.

El MAS-IPSP, que es el blanco de los ataques más enconados desde distintos frentes, no dedica su línea discursiva ni a defenderse, ni a aclarar denuncias, sino a resistirlos, sabiendo que marcha primero en la preferencia electoral gracias al voto duro de su militancia y sectores populares. Acaso el recurso que utiliza de manera recurrente, sea el de la evasión, cuando a todo pregunta o ataque a su gestión, responde con la descalificación del gobierno actual y, con él, de la derecha en pleno, así como del riesgo de regresión al neoliberalismo. Otro elemento discursivo que gira en sus intervenciones es el de la confusión, por ejemplo, ante la invitación del candidato Mesa al candidato Luis Arce para un debate sobre salud y economía. Las respuestas al desafío variaron desde las que daban por supuesto que iría al debate, hasta las que afirmaban que no corresponde, o las que ponían condiciones, para finalmente quedar en participar en un debate entre todos los candidatos.

En relación a los imaginarios que se buscan mediar, MAS-IPSP se empeña en mostrar que su gobierno fue de estabilidad. CC busca posicionar capacidad, experiencia y prudencia. Creemos sugiere renovación. Y Juntos se esfuerza por mostrar decisión, valentía y eficiencia. Estos elementos guardan relación con los ejes discursivos, que en el caso de Juntos se expresa en la continuación de la política de bonos y la estabilidad económica. Creemos planteando una Bolivia productiva insiste con la renovación. Comunidad Ciudadana sugiere procesos de transición hacia la transformación del patrón de desarrollo superando la tradición extractivista. Y MAS-IPSP consolida su propuesta de sustitución de importaciones, acompañado con la recuperación identitaria del paradigma del Suma Qamaña.

Como se puede apreciar, las expresiones discursivas tienen asidero en la ubicación que ocupa cada frente en la escala de preferencias electorales. MAS-IPSP construye su discurso desde su búsqueda de ganar las elecciones en primera vuelta. Comunidad Ciudadana está forzando la realización de segunda vuelta con la certeza que el voto útil le permitirá ganar en esta instancia. Creemos está en pleno ascenso, lo que lo lleva a una tarea de diferenciación con el resto de competidores. Y Juntos que está en descenso, busca decisiones de fondo, que amortigüen esta caída.[1]

Los textos en sus contextos

Lo hemos dicho y reiteramos, las construcciones discursivas, con capacidad de resignificar los discursos, se dan en la realidad sociocultural, que es el lugar donde las ciudadanías tejen sus cotidianeidades y sus prácticas organizativas. Siendo la política una dimensión de esta realidad, no puede pretender ponerse por encima de ella, sino dinamizarse desde ella.

Este elemental planteamiento, tiene su repercusión en el ámbito de la comunicación política en procesos electorales, en los que las estrategias arrimadas al marketing electoral vuelven a poner en la agenda las historias fantasiosas que se atribuye el difusionismo, afirmando que una campaña mediática y por redes con sus mensajes que creen tener el poder de persuadir, dobla pensamientos, forja conductas y arrima votos. Estas fórmulas, sin duda que podrían funcionar en sociedades de ritmos planos, sin los vericuetos, sobresaltos, obstáculos y complejidades de la realidad boliviana.

Esta realidad, de crisis integral y sistémica, está visibilizando otro clivaje, que tendría que combinarse con el clivaje electoral “masismo – antimasismo”. Nos referimos al clivaje que sale de la mirada, de la expectativa, de la reivindicación y protesta ciudadana y que conceptualizamos en la escisión “crisis multidimensional – estabilidad”. La población mayoritaria la está pasando mal, el país está en también en terapia, la ciudadanía aspira ahora, en el futuro inmediato y en un futuro lejano, tener estabilidad. Requiere contar con la garantía de conseguir empleo; de tener acceso y derecho a la salud; de ser incluido en las políticas estatales; de garantizarse con una seguridad que le permita proyectarse individual, familiar y colectivamente; así como de saber que tendrá posibilidades de acceso a una educación virtual, o a distancia o presencial.

Muchas de estas demandas le están siendo negadas. Hay compatriotas que están padeciendo hambre, otros que han transcurrido la pandemia sin acceso a los servicios de salud. Cumplir con las normas de bioseguridad no les alcanza, necesitan que sus condiciones de vida garanticen niveles de dignidad. La ciudadanía boliviana está respirando por los poros de exigibilidad de sus derechos. ¿No les parece que sus expectativas electorales están también concentradas en estas reivindicaciones?

Si esto es así, lo que se está trabajando en las campañas en algunos casos no sirve, y en otros no alcanza para sintonizar con la vida de las ciudadanías, entre ellas, particularmente ese enorme porcentaje de indecisos. Hay que virar las estrategias, para que la movilización de las emociones se combine armónicamente con las propuestas, para que las imposiciones den paso al diálogo, para que las críticas destructivas le abran camino a los debates por causas y objetivos que prioricen el país.

Necesitamos un proceso electoral que convierta la aversión al entendimiento en una virtud capaz de generar encuentros, concertaciones, entendimiento y reconciliación.

Las campañas, moviéndose en el nivel de los sentipensamientos, van a combinar la apelación a las emociones y al sentido común con los razonamientos y la praxis política. Pensando en el día después de las elecciones, en un previsible espectro político sin mayorías absolutas, las campañas tienen que empezar desde ahora a generar un sentido pluralista de la política.

Sea cual sea el nuevo gobierno, va a necesitar un nuevo pacto social, multipartidario. Esto es imposible comprenderse en un campo de disputa electoral polarizada, pero es una obligación poner en el centro de las decisiones al país, a su ciudadanía y la Madre Tierra. En estos tiempos de elecciones tenemos que empezar a humanizar la política.

[1] El día que concluimos este artículo, la presidenta Jeanine Áñez, con el argumento de contribuir a la democracia y a la unidad, anunció el retiro de su candidatura, que todavía no se refrenda oficialmente ante el Tribunal Supremo Electoral, y que tampoco parece ser decisión compartida entre sus aliados, puesto que, a contracorriente del anunciado desprendimiento unitario, algunos de sus componentes están expresando su decisión de participar con candidatos uninominales.

Adalid Contreras es Sociólogo y comunicólogo boliviano

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