El magistrado Ceballos es “revolucionario”

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Max Murillo Mendoza

El magistrado Orlando Ceballos, quién ocupa uno de los cargos más altos respecto de la pulcritud de las leyes, es decir de la justicia, es en realidad un delincuente de cuello blanco, ignorante y aberrante personaje que además, ni corto ni perezoso, dice que es un revolucionario. Asco de palabras sin sentido, como es esta época de baja calidad ética y moral en la que personajes sin formación intelectual, moral y ética básica, se dicen autoridades en el espectro de la burocracia tercermundista boliviana. Revolucionarios que pegan mujeres y maltratan familias, revolucionarios que ni siquiera entienden los conceptos básicos del respeto a la colectividad, revolucionarios que han aprendido lenguajes de cantina para emborracharse con su ignorancia en el poder, en las cúpulas de las oficinas de costumbre donde por supuesto están sucediendo los más horrendos modos totalitarios de relacionamiento humano.

Se perdió por completo el sentido de servicio que debería ser un funcionario del Estado. El ser ejemplo y el mejor trabajador en función de la atención a la sociedad, hoy es nido de pragmáticos revolucionarios, que les importa un comino el servicio a los demás. Para ellos es la oportunidad de oro de aprovecharse al máximo del Estado. Si para eso tienen que pisar, destruir tejidos sociales, y gritar que son revolucionarios es nomás el culmen de una época donde la brutalidad es carta blanca, de presentación circense en el circo romano que se ha convertido ser autoridad y burócrata estatal.

El discurso de chichería ha reemplazado a los hechos y actos reales de las personas. Los griteríos de alcantarilla son los actos políticos que han reemplazado al silencio del servicio, del ejemplo y la transparencia. Cuanto más bajo y ruin es el personaje, mejor para estas épocas oscuras de la política postmoderna. El magistrado Ceballos debe ser doctor en discursos de chichería, en griterío revolucionario y comportamientos magistrales de maltrato y odio. Imposible que esté preparado para tan altas funciones, donde tiene que lidiar precisamente con las leyes y la justicia de todo un país. Y todo un país tiene que rendirse ante estos oscuros personajes sin formación académica alguna, y peor ética o moral.

Pues el ejemplo en casa, en lugar de trabajo o en cualquier lugar de la sociedad debería ser el primer capítulo de evaluación para nuestras autoridades. La coherencia de vida como máximo requisito de participación política, es la única garantía de mejorar el servicio de las instituciones. Lo contrario es lo que tenemos actualmente. Las justificaciones ideológicas son el encubrimiento  más cínico y cobarde ante la dura realidad, ante la ausencia de capital social real y de compromiso con la sociedad. Y todo esto nada tiene que ver con las clases sociales, con las naciones y el país profundo. Porque hace poco tiempo neoliberal también hemos tenido maleantes titulados en Harvard o Lovaina.

Es realmente preocupante lo que está sucediendo, con la destrucción del patrimonio boliviano que es el Estado, porque el Estado somos todos. Los poquísimos ejemplos de coherencia, se pierden en el mar de alcantarilla circense como los personajes Ceballos. Asaltantes de oficio como en todos los tiempos desde el siglo XIX, que no ha cambiado en definitiva. Ahora son revolucionarios como Ceballos. Tienen la sinverguenzura de nombrar las revoluciones del mundo, donde sí hubo líderes y personajes limpios como coherentes para esas hazañas históricas. Pues es seguro que Ceballos no tiene idea de un Ché Guevara, o de un Camilo Cienfuegos, es absolutamente seguro y debe gritar esos nombres sólo por moda y queda bien ante sus jefes. De estos ilustres hoy tenemos a montones en los pasillos del poder: las pruebas son cotidianas.

En efecto, nosotros no hemos tenido revoluciones donde se ha transformado totalmente la sociedad. Quiénes quisieron ya murieron, sus descendientes dejan mucho que desear y prefieren el pragmatismo cobarde y cínico. Prefieren la complicidad y el discurso de circunstancia con el poder. La moda o la pinta de café. Los Ceballos abundan en estos días de devaluación ética y moral. La montonera del griterío, del insulto y la ausencia de ideas han abarrotado los almacenes de la política. La amenaza y la burda manera de gritar venganza, es la costumbre que ha reemplazado al intercambio de ideas, de propuestas, de imaginarios de poder, de alternativas de poder. Por eso la enorme ausencia de intelectuales, de pensadores que marquen época y generación. Eso no es raro.

Los jóvenes, las nuevas generaciones asisten como nunca a la devaluación más mortífera de hacer política al servicio de los demás. Tienen en cambio ejemplos de los Ceballos todos los días, porque las noticias se alimentan como perros de guerra de esos burdos ejemplos, brutales ejemplos de los Ceballos al mando de las instituciones. Por eso los jóvenes odian la política, odian todo lo que sea comprometerse con el servicio a los demás, pues las actuales generaciones no son precisamente los ejemplos adecuados para cambiar nuestras realidades.

Las palabras están tan devaluadas en estos tiempos, que no significan ya nada. No tienen valor alguno. La palabra revolución ha sido vaciada por personajes ilustres como los Ceballos. Pues si esos son revolucionarios, por supuesto mejor no serlo. Felizmente todavía hay otras categorías que nos llevan a soñar en verdaderos cambios. Mejor no prestarnos nada y no importar nada, alimentarnos de nuestros ancestros y milenarias maneras de ver la vida, mejor que tener importaciones negativas, muchas de las veces nefastas y que afectan terriblemente en el derrotero de nuestras historias.

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