Neutralidad e Independencia

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Siempre luchar por el progreso y la Reforma
Nunca tolerar las injusticias y la corrupción
Siempre combatir a los demagogos de todos los partidos
Nunca pertenecer a un partido
Siempre oponerse a las clases privilegiadas
Nunca ser omiso en la simpatía por los pobres
Cualquiera diría, pero con más probabilidad un político o un ex periodista militante de un partido de la oposición, que esas líneas fueron escritas por un periodista masista. Pues, no, corresponden nada más ni nada menos que al mejor periodista de todos los tiempos de Estados Unidos, Joseph Pulitzer.
Ese hermoso texto prueba que la neutralidad y la objetividad son una falacia porque los periodistas tienen una opción política definida: la comunidad, pero más que todo, las personas que viven ausentes de los espacios públicos de decisión porque los opulentos monopolizaron medios y a través de ellos la palabra y la política.
Los periodistas no podemos ser neutros ni objetivos ante la pobreza, ante el abuso, ante el poderoso que oprime y explota a los trabajadores, ante los racistas que desprecian cholas, indígenas o kjaras, ante la injusticia en la distribución de la riqueza, ante las logias, ante los apátridas. Dadas estas circunstancias nuestra opción política debe traducirse en el bien común.
La neutralidad y la objetividad son una falacia, pero la independencia sí es posible. La opción política depende de la formación, de las condiciones sociales, del pensamiento, de la filosofía política y de las circunstancias de cada persona. La independencia tiene que ver con la capacidad de pensar en función de principios y convicciones. Un periodista pierde la independencia cuando baja la cabeza ante el patrón de la empresa y sustituye los principios periodísticos por la agenda privada o intereses del propietario del medio. Pierde la independencia cuando ejerce el periodismo y a la vez es relacionista público de una institución privada o estatal o vocero de un personaje. Pierde la independencia cuando milita en un partido y obedece las órdenes de un jefe político, incluso por encima de la comunidad. Pierde la independencia cuando la publicidad o el mercado condicionan al periodista en la producción de un programa televisivo o radial.
Esta suprema idea está establecida en los códigos de ética de varios países. “El periodista sitúa el interés general por encima de los intereses particulares y sobre la consideración de las personas”, dice el código de los periodistas franceses. En Brasil, se asume “un compromiso indeclinable con la comunidad”. España dispone que “el servicio al bien común y al interés público debe ser tenido como un objeto primordial para todos los periodistas”. La Comunidad Económica Europea dice que “toda acción periodística debe estar dirigida al bien espiritual, social, intelectual y moral de la comunidad”. La Federación Latinoamericana de Periodistas señala que “el periodismo debe ser un servicio de intereses colectivos, con funciones eminentemente sociales dirigidas al desarrollo integral del individuo y sociedad”.
¿Y cómo servir a la sociedad y producir el bien común? Sencillo, generando información en función de la libertad destinada a construir una comunidad en condiciones de igualdad, sin opulentos ni privilegiados.

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