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Polarización: ¿quién la ha elegido? 

Politólogo, investiga sobre violencia 
Aun después de breves ausencias, retornar implica ponerse al día y para quienes somos aprendices del conflicto, no hay mejor resumen que el taxista, el micro, un bar, la casera, los vecinos los amigos, etc. En esta ocasión, escuchar de entre estos últimos que el presente no admite ciertas conversaciones y que, para salvar ciertas relaciones, es mejor poner distancia con aquellos que se alinean con “el otro bando”, es lo que llama la atención.
La polarización no es algo que desconocemos en el país, desde la sociedad civil la percibimos casi sensorialmente – quizás porque se la sufre – desde la política formal la convierten en muletilla para atacar–defender y desde la academia muchos describen lo que representa, pero pocos han explorado sus raíces e implicaciones.
La propuesta de García Linera – guste o no entre las más serias – para explicar la crisis de Estado a inicios de los 2000 nombraba a una sociedad marcadamente polarizada como “empate catastrófico”, desde su raigambre marxista el Vicepresidente entendía aquel momento como la (co)existencia de dos bloques políticos, el indígena–popular contra el señorial, en el cual ninguno lograba la hegemonía necesaria para desarrollar un proyecto de poder particular.
En el presente, la misma ha caducado y otras son las reflexiones del pensador, no tanto así del político. En julio del año pasado, el primero declaraba en una entrevista a eldiario.es de España que la revolución es un momento de democracia absoluta en la que todo está en debate y por todos. Que una revolución es un proceso de profunda politización y una democratización absoluta de la sociedad. Tres semanas atrás, frente al auditorio del XVII Congreso Ordinario de la Federación Departamental Única de Mujeres Campesinas Indígenas Originarias de La Paz “Bartolina Sisa”, el segundo llamaba a derrotar a los racistas advirtiendo que “cuando atacan a Evo, le atacan a usted porque están insultando a la pollera, al poncho, al aguayo (…)”. A finales del año pasado el presidente del Colegio Médico de La Paz declaraba que “a diferencia de los movimientos sociales, ellos sabían leer y pensar (…). Semanas después, Larrea era uno de los que más apertura mostraba hacia la negociación con el Gobierno de entre la dirigencia médica departamental. 
La concepción del momento revolucionario como democracia de alta intensidad y vitalidad política y la figura del “ellos contra nosotros”, ambos, cada uno, nos llevan en direcciones distintas.
La pregunta que importa es dónde queremos ir y/o acabar. Debemos cuestionarnos cómo transcendemos los ciclos de violencia – en el presente latente – de los que nuestra comunidad es víctima, siendo parte de ellos a diario.
A menudo estos ciclos son impulsados por requisitos tenaces para reducir la complejidad de la historia en polaridades dualistas, que intentan describir y contener la realidad social de manera artificial.

¿No es acaso lo que está sucediéndonos?
La ruta del “ellos contra nosotros” nos lleva a creer que la realidad es binaria y que no es posible reconocernos como realidades interdependientes, porque el reconocimiento es más que la tolerancia e implica ante todo una intención consciente.
Pero existen alternativas para quienes eligen creer que siempre existe más de una historia detrás de todo individuo, incluso del adversario; en palabras de J.P. Lederach la superación de estos ciclos de violencia demanda el ejercicio de cuatro capacidades: imaginarnos en una red de relaciones que incluye a nuestros adversarios; sostener constantemente una curiosidad que nos permita escapar al reduccionismo de las categorías enteramente duales; la creencia fundamental en el acto creativo y por último, la aceptación del riesgo inherente de adentrarse e intervenir en escenarios de violencia que nos son desconocidos.
Al parecer quienes logran sobrepasar los ciclos de violencia en los que vivimos a diario son aquellos que eligen concentrarse en el mundo de las posibilidades antes de alinearse a una u otra parte.
¿Por qué es importante reflexionar al respecto?
Pues por el simple hecho de que la población demanda certidumbre y no puede estar movilizada todo el tiempo. “Prefiero al facho o al comunista come niños, antes que al tibio” escuché por aquí estos días. En el actual momento quizás no es tibieza lo que se demanda, pero sí mesura. Vernos a nosotros mismos como una parte de un todo y no en control de algo necesariamente.

Es politólogo, investiga sobre violencia 

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